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viernes, 22 de abril de 2016

Sábado noche

El río Bidasoa vuelve a desbordar debido al exceso de sangre que transporta. ¿El motivo? El akelarre anual de Aintzane Muturbeltz, la matriarca más poderosa de la zona, que reúne tantos adeptos como los que asesina. Es una juerga cojonuda. La preside siempre una cabra negra que mece su copa de mandrágora en su lustroso trono, mientras los jóvenes de la aldea se turnan para practicarle felaciones, con tal de santificarse. Los demás bailan desnudos alrededor del fuego, perdidos y colocados, creando una coreografía bamboleante de escrotos y tetas digna de analizarse. Algunos se acercan tanto que se queman y se ve como las llamas los consumen sin que dejen de bailar. "Comida gratis" pienan algunos mientras se sirven un muslo o una nalga. Otros no pueden evitar fornicarse mutuamente al producirse un simple cruce de miradas, mientras que los más perturbados simplemente se dedican a matar y a descuartizar a cualquiera que sea más alto, más bello o más capullo que uno mismo. Sin que nadie quiera ni pueda evitarlo. Es la fiesta del todo vale y hay que mantener contentos a Aintzane y a su puta cabra bípeda. Si no, será infinitamente peor. Siempre lo es...





Relato para el concurso "Microterror V" de El Círculo de Escritores

lunes, 18 de abril de 2016

Ojos que miran, ojetes que suspiran

Oscuridad. Es lo único que me rodea. No veo nada, no sé dónde estoy, ni siquiera sé quién coño soy. No siento nada, solo agonía, y un terror que me paraliza por completo. Mierda... Solo espero no haber muerto, a no ser que me vayan a torturar, en cuyo caso sí que desearía estarlo...

Creo que no estoy solo en la oscuridad...

Acabo de darme cuenta de que hay un par de ojos mirándome fijamente. No dejan de observarme. Quizá solo me miran cuando les miro, pero es suficiente para acojonarme. Mis cuencas empiezan a supurar miedo líquido y mi alma empieza a intentar escapar de mi cuerpo. ¿Qué hago? No tengo muchas opciones. Puedo esperar a que Eso me devore vivo o intentar pararle los pies, si es que los tiene. Matar o morir... Nunca he sido muy bueno en eso, quizá debería dejar que me descuarticen. Pero no puedo rendirme sin luchar, joder, aunque eso signifique acabar hecho picadillo de despojo. Me incorporo lentamente, sin que Eso sospeche y me tiro encima sin piedad. Me golpeo la cabeza, ruido de cristales rotos, sangre en el suelo. Mi sangre...

Creo que he vuelto a hacer el gilipollas...







Relato para el concurso "Microterror V" de El Círculo de Escritores.

sábado, 2 de abril de 2016

Feliz divisección

El laboratorio del doctor Melengelenge ha despertado con los habituales gritos de sufrimiento agonizante y desgarrador. El ruidoso, oxidado y sangriento instrumental del mencionado doctor bizarro ha vuelto a ponerse en marcha. Aunque, en realidad, eso no es del todo cierto, ya que el maníaco cabrón no para nunca. Aquí nadie descansa. Los únicos a los que se les permite dormir son los que pierden el conocimiento en la precaria mesa de tortura. Y los que mueren, claro. Los demás sufren los efectos de una perpetua gaupasa toxicómana que los sume en un estado de coma cerebral consciente. Y aunque su cerebro está pero no está, eso no les libra de sufrir los insoportables dolores propios de las divisecciones y mutilaciones. 

El espectro de extrañas criaturas que albergan los calabozos de esta Estación de Investigación de Espacies Espaciales Inferiores es realmente amplio y diverso. Hay desde yonkis neputnianos en cuarentena por su sida espacial, hasta depravados perturbados de Urano, que no son otra cosa que seres diminutos formados únicamente por sucios anos. También hay seres de gas fecal encontradas en las marismas de Ortokrathon, que son mucho más temibles que las gonorreas con patas y sin cerebro a los que se les llama seres humanos, que no paran de gritar y suplicar, como si alguien pudiera o quisiera entenderlos. 

El doctor está demasiado absorto en hacer el mal en nombre de la ciencia como para fijarse en las celdas. Sus miles de orbes oculares están inspeccionando cada milímetro corpóreo de su próxima victima (una criatura gelatinosamente obscena arrancada de su vertedero natal muy lejos de aquí) mientras sus muchos tentáculos palpan, mueven, despellejan o cortan cualquier cosa que encuentran a su paso. Los distintos miembros cortados, o la mierda que sea eso, son meticulosamente almacenados en tarros de protoplasma indestructibles que serán analizados en el futuro. Parte de la sangre también se guarda (siempre que el espécimen la posea en su organismo), pero la inmensa mayoría se queda desparramada encima de la mesa o eyaculada por los suelos, creando ecosistemas extramundanos mutantes llenos de fúngidos y ladilláceos. Es un sitio horrible, o el paraíso, según por donde se mire.

Las horas muertas se llenan de cuerpos muertos y el terror que se inhala es cada vez peor. Hay monstruos intentando escapar desesperadamente golpeando las puertas de sus celdas, sabiendo que es un suicidio, pues los barrotes están equipados con cuchillas, machetes y jeringuillas. Pero lo siguen haciendo con tal de escapar cuanto antes de allí, a pesar de que para ello tengan que dejar morir a su cuerpo y dejar ascender a su alma. La cosa es acabar con la agonía y no darle al sádico hijoputa el placer de torturarle. Lo que no saben es que a él se la suda, ya que tiene el almacén lleno de engendros absurdos de todas las galaxias que difícilmente podría analizar en una sola vida. Así que si alguna alma caritativa quiere ahorarrle un poco de trabajo de buena voluntad pues bienvenido sea. El curre de reponedor de calabozo es tan árduo como soltar un zurullo corrosivo que se coma toda la carroña y tirar los componentes óseos a la fosa común. En cinco minutos la celda limpia y con un nuevo condenado dentro. Y vuelta a empezar...

No hay escapatoria, no hay solución, no hay un acontecimiento inexplicable que derive en un final feliz. Todos mueren. No hay más. El único feliz será el tarado de Melengelenge, pero él también caerá. Tendrá una muerte agradable comparada con la de estos malnacidos, pero acabará en un sucio agujero, como todos los sucios despojos que tienen la mala suerte de nacer. ¿Te suena de algo?



Relato para el concurso "El Marciano" de El Círculo de Escritores