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domingo, 17 de julio de 2016

Solo un cigarro y la eternidad

La ceniza pensativa de un cigarro reflexivo se despeña al vacío harto de esperar el toque que le ayude a pasar a mejor vida. A su lado un vivo muriente medita sobre la cruda farsa a la que ha tenido la desfachatez de llamar realidad, SU realidad, viendo cómo todos y cada uno de los elementos que lo componen se van a la mierda sin remedio. Da otra calada, sin ser consciente de que a estas alturas ya se está fumando el filtro, y se sume aún más en sus locas tribulaciones. Piensa en sus amadas amapolas primero, en su más querida heroína después y en todos esos trozos de vida perdidos alegremente en cualquier esquina sucia y mohosa. Se acuerda también de aquellos amigos extraviados a millares por culpa de la misma fuerte debilidad que compartían a hurtadillas en las noches paranoicas, sintiéndose más solo a cada rostro rememorado. Siempre lo mismo. La Vida y la Muerte siguen manteniendo sus devaneos crueles ajenos al dolor de quienes lo sufren de verdad, los que son mutilados por el peso de la existencia y los que pierden su sangre por culpa de un precioso beso de la mala Fortuna. Y, aunque todos esos recuerdos apuñalen su ya moribundo corazón, deprimiéndole como nunca, una sonrisa escapa de sus labios, sabiendo que muy pronto se encontrarán en los antros del inframundo, brindando con sus jarras eternamente, convirtiendo el chocar de cristal el sonido de fondo de su tortura eterna. Sí… la verdad es que no puede haber un paraíso mejor.


Relato ganador del segundo premio en el reto de Relatos Compulsivos